
En un club cuya historia se remonta al último cuarto del siglo XIX, la noticia de que Ahsan Ali Syed quería pagar su deuda, comprar las acciones y dar al entrenador entre 100 y 120 millones de euros para comprar jugadores fue bien recibida. Pero desde aquel 4 de agosto en el que los hinchas del Blackburn Rovers oyeron por primera vez su nombre y sus intenciones hasta su abandono del intento de compra, tres meses después, la figura de Syed transitó entre la luz y el misterio.
El Rovers había quedado undécimo en la temporada anterior y el entrenador, Sam Alderdyce, preparaba la nueva con menos agobios. En el verano de 2009 había tenido que vender algunos de sus mejores futbolistas para amortizar las deudas. Ahora, las cosas no estaban tan mal pero el club estaba en transición: los propietarios querían vender.
El Rovers fue rescatado de la mediocridad por Jack Walker, un hincha desde niño que, en la década de los noventa, gastó parte de la fortuna que había amasado en el negocio del acero para reconstruir Ewood Park y contratar buenos jugadores, como el delantero internacional, Alan Shearer, o el entrenador Kenny Dalglish. Ganó la Premier y, a su muerte, en 2000, prometió a los seguidores que el club viviría de su legado.
Pero los herederos de Walker anunciaron en 2010 que la situación era insostenible. No había dinero para enfrentarse a las pérdidas anuales, de cerca de ocho millones de euros aquella temporada. Un estadio con capacidad para 31.367 espectadores, que solía llenar 25.000 asientos, no podía competir, en una ciudad con poco más de cien mil habitantes, en la Premier de los multimillonarios.
«Galácticos en Lancashire», decía un titular de prensa tras el anuncio de Syed. ¿David Beckham para el Blackburn? Así eran las cosas, aunque en la región de Lancashire ya hay vecinos galácticos, como el Liverpool o el Manchester United. El empresario de origen indio, formado en Inglaterra, con residencia en Suiza y negocios en medio mundo, tenía el dinero y tenía un plan.
Trescientos cincuenta millones de euros. La deuda era de 25, las acciones no estaban valoradas antes de acordar la venta, pero quedaban fondos para los millones prometidos en compra de jugadores y para dar los primeros pasos en el plan. Que era de quince años, dividido en cinco fases. Las últimas etapas contemplaban la gloria deportiva, doméstica y europea, pero la primera parecía igual de ambiciosa.
La compañía del francés Jean Claud Darmon, que gestiona la mercadotecnia de gran parte de los clubes de la primera división francesa y que tiene intereses en otras competiciones internacionales, examinaba en nombre de Syed los libros del Rovers para analizar la viabilidad de la primera fase: realzar la academia, extender la capacidad de Ewood Park, comprar jugadores, promover al Blackburn en Asia oriental, Oriente Próximo e India.
«Me han ofrecido otros clubes», dijo Syed, «pero quiero el Rovers. Lo he seguido desde hace diez años». Explicaba también a la BBC que la compra se ajustaba a «nuestro modelo de inversión», pero en una entrevista con 'The Times' parecía contradecirse: «Hay dos formas de ver una inversión: por satisfacción personal o por el balance. Esto es para la satisfacción personal. He trabajado duramente y merezco un capricho».
Sospecha
Cuando se anunció que la sucursal de su empresa, WGA, en Bahréin, había sido suspendida en sus actividades por las informaciones que el banco central transmitió a las autoridades del emirato árabe, hubo alarma. Sus relaciones públicas explicaron que en realidad la sede central está en Zúrich y que sigue operando, que la compra del club se haría en dinero contante y sonante de la fortuna privada de Syed.
La BBC lo investigó. No había rastro de la familia en la región del sur de India de la que decía provenir y donde su familia habría explotado tierras agrícolas durante un siglo y medio. De su paso en Londres quedaba un rastro de deudas sin pagar: los últimos meses del alquiler de la casa en la que vivió, una multa de tráfico, una condena a pagar unos 70.000 euros en un tribunal.
Syed agradeció a la BBC que le advirtiera del impago de la condena, de la que se declaraba ignorante hasta ese día, y negó la veracidad de todo lo demás. Las negociaciones se prolongaban. ¿Cómo podría ampliarse Ewood Park, con instalaciones en el interior y exterior del estadio, en una ciudad en la que un tercio de la población ya va al fútbol? ¿Qué potencial tendría tal club en el lejano oriente?
Los aficionados se dividieron. Cuando el club anunció que también estaba negociando con un grupo empresarial indio dedicado al sector de pollos, Syed lanzó una ofensiva publicitaria para ganarse a la población. Prometió 175.000 euros para formar chicas del coro de la catedral, donó a un centro de día 48.000 euros, casi su presupuesto anual.
«La falta de cooperación del club nos lleva a abandonar el intento de compra», dijo Syed el 5 de noviembre. El club fue vendido al otro grupo, sobre el que cae ahora la sospecha de que depende en todas sus decisiones de una agencia de deportistas, Kentaro. Los hinchas del club observarán los fichajes de enero, si los hay, para confirmar que son ahora propiedad de una agencia que contrata sentándose en los dos lados de la mesa.
Y hay quien cree que el club hubiera estado en mejores manos si se hubiese vendido a Syed. Esa idea se extendió especialmente este mes, cuando la Federación de Fútbol de Bahréin acordó con WGA, la empresa supuestamente suspendida de Syed, el patrocinio de la selección nacional. Las fotos recientes ofrecen la imagen radiante de financiero de la extraña huella sentado en el palco de la Copa Asia, que se juega en Qatar, con los miembros de la familia real que dirigen el fútbol de Bahréin.
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